Únicamente me reservo un último post para intentar mejorar la calidad media de este blog. Es un texto que empecé (según dicen las propiedades del archivo de word) en agosto del año pasado. Es un relato que tiene el objetivo de provocar un poco la risa. Perdón por el dibujo que acompaña al post, que ha sido realizado en menos de media hora y no es tan bueno como hubiese deseado. Allá va:

Recuerdos de un lacito negro
Ahora que colaboro como subalterno en una agencia internacional de espionaje, contraespionaje y recontraespionaje especializado en la investigación aeroterráquea, lejanos me parecen aquellos días en los que una modesta agencia de información funcionaba bajo mi tutela. Si bien es cierto que mi memoria prefiere olvidar aquellos casos que nunca resolvimos mi enlutado ayudante y yo, lo cierto es que son los más recordados por la mayoría del público. Nuestras rocambolescas peripecias fracasadas parecen divertir tantísimo a propios y extraños que sospecho que sea ésa la razón de nuestra (tal vez inmerecida) fama.
Es precisamente eso lo que considero incómodo de nuestro éxito: que se menosprecie de manera categórica aquellos casos que supimos solucionar de manera impoluta. Por supuesto que no fueron muchos, pero los pocos que fueron, fueron sonados (¡y cómo!). Aún conservo con orgullo, añoranza y en una carpeta los titulares del primer caso que resolvimos mi ayudante y yo, que nomenclaturé acertadamente como “El primer caso que resolvimos mi ayudante y yo”.
Mi historia da comienzo a principios de 1961. La agencia no iba muy boyante por aquellas fechas, debido la pésima publicidad que recibíamos de la sección de sucesos de los periódicos. Afortunadamente, y a pesar de nuestro mal hado, aquella escasez de casos nos permitía centrarnos al máximo en aquél que se nos presentase. Aquel día, tras haberme traído las pistas del último caso que habíamos aceptado, mi alopécico subalterno zanganeaba bucólicamente por la oficina probándose disfraces de fantasía y ciencia ficción. Le exhorté a que dejara de distraerme con su atuendo de revista de Bruguera sin tebeos reeditados, tras lo que repasé los elementos del caso atentamente. Ningún dato consiguió evadir el campo de visión de mi diestro globo ocular derecho.
Las pistas recogidas eran las que siguen: teníamos unas tijeras manchadas con un fluido que aventuré a definir infundadamente como sangre (y luego resultó ser tinta de un bolígrafo verde pera), un botón encarnado de dos orificios que posteriormente utilicé para sustituir a uno de mi olvidada chaqueta roja, unas elegantes gafas de pasta sin sus lentes, dos culos de botella (¿o los cristales de las mencionadas gafas? Nunca lo comprobé), unas consumidas colillas manchadas de carmín fucsia, y unas páginas del periódico “La Bola” de hacía unos días, arrugado y manchado de grasa de algún alimento aceitoso.
Tal como lo recuerdo, los hechos transcurrieron del siguiente modo. Doña Fredegunda, además de persona de avanzada edad era una mujer de nobles y rectas costumbres. Su rutina diaria consistía en una combinación estratégica de visitas a un centro de día, algunas horas para tejer bufandas kilométricas escuchando la radio y los consabidos momentos de desayuno, comida y cena caseros. Su vida era una pacífica balsa de aceite en la que nada hacía esperar lo que ocurrió una tormentosa mañana de enero. Doña Fredegunda regresaba de un breve paseo huyendo de la humedísima (o humedérrima) lluvia. Los relámpagos destellaban en las casas mientras los truenos redoblaban en las nubes. Es en este momento cuando Doña Fredegunda se encontró todos los objetos citados enfrente de la puerta de su casa.
Muy furibunda, Doña Fredegunda nos llamó por teléfono nada más encontrar nuestro nombre en un periódico.
– Agencia de información. ¿Qué desea? – saludé cortésmente mientras me atusaba mi lacito negro.
– Buenos días, ¿es éste el número de Amadeo y Salvador, basureros de afición? – gruñó porcinamente la susodicha.
– Sí, dulce ancianita de delicada voz.
Le mentí. Sé que hice mal, pero nuestra situación financiera y los efectos perjudiciales derivados de ella en nuestra dieta mediterránea hicieron necesaria una mentira piadosa que en nada perjudicaba a la viejecita. Bien es sabido que el hambre agudiza el apetito, y fue eso lo que me motivó a aceptar nuestra nueva identidad para conseguir un encargo.
Al instante me describió de manera clara su situación, tras lo que me comunicó que era su deseo que alguien tirase toda esa basura inmediatamente. Envié a mi adjunto, amigo y rival a que recogiese los desperdicios mencionados, así como para cobrar los honorarios pertinentes. Debido a su reticencia inicial a la hora de trabajar, me vi en la obligación de sacudirle antes con una llave inglesa gigante en su colodrillo, lo que, sospecho, fue la causa de que volviese raudamente a la oficina.
Mientras recordaba toda esta historia, seguía yo mirando detalladamente ese botón rojo pensando en lo bien que quedaría en mi chaqueta. Orgulloso por terminar un trabajo bien hecho, cogí con las dos manos el resto de pútridos elementos y los archivé despreocupadamente en mi papelera. El caso estaba cerrado.
A la madrugada del día siguiente se congregaron en mi domicilio cuantiosos periodistas para confirmar la resolución correcta del caso y remitir la información a los medios. Aquella impactante noticia ocupó las primeras planas de los diarios más eminentes en el campo nacional y de un grupo selecto (que no pequeño) de periódicos internacionales. Radio, NO-DO y televisión repitieron la audaz noticia durante unos días. Todo el mundo me llamó para felicitarme: papá y mamá. Como es de recibo, mi miope colaborador y yo no salíamos de nuestro gozo. Aquel éxito era algo totalmente nuevo para nosotros.
Todavía mi ayudante y yo hablamos de ello alguna que otra vez. La melancolía aflora en nosotros como el moco por la vía respiratoria mientras recordamos los detalles de ese trepidante día, y no podemos evitar acabar entre lagrimitas nostálgicas. Decididamente, en aquellos tiempos no se menospreciaron de manera categórica aquellos casos que supimos solucionar de manera impoluta, y bla, bla, bla…



